APÁTRIDAS
El nacional de literatura ha recaído este año en el escritor catalán Juan Goytisolo.
De su persona y de su forma de ser se hacen muchos comentarios, tantos como de sus obras, ya que no es una persona ni un escritor al uso. Reniega de todo nacionalismo y se coloca voluntariamente al margen de toda ortodoxia en la que los escritores modernos suelen posicionarse. Osease es considerado por muchos, como el escritor mas disidente, también el mas incomodo y el menos complaciente.
Exiliado voluntariamente anteriormente a Paris y actualmente a Marrakech, se considera a si mismo como un escritor apátrida.
No se como alguien puede considerarse a si mismo un apátrida. Que oscuras intenciones ajenas o intereses de terceros le puden llevar a uno a desencantarse de tal manera que no siente el deseo de enraizarse en su lugar de origen.
Dice el diccionario, que la patria es la tierra natal o adoptiva al que la persona se siente ligada por vínculos afectivos e históricos.
Confieso que el termino ciudadano del mundo, siempre me ha parecido de un romanticismo contumaz. Sinónimo de libertad, de miles de cálidos hogares, de sin fin de paisajes asombrosos, únicos e irrepetibles, de millones de sonrisas, de miradas, de gestos, de expresiones y de risas de gente como tu.
Pero mi patria es Cádiz.
En mi patria el mar eterno besa las rocas del malecón desde mucho antes de que yo lo recorriera de manos de mi madre.
El olor de la sal proveniente de las tardes en la bajamar.
Esa luz azul intenso de cada día en primaveras tibias, que limpian tu mirada.
Ese vuelo de gaviotas blancas sobre un fondo color cielo.

El sabor de aquellas uvas arrancadas a la vid ajena en los campos de Chiclana al calor del verano.
Pasear por los pinares, por su arboleda perdida, donde Alberti se escapaba de clase para ir a ver el mar en su Puerto de santa Maria.
El espectáculo de aquel beso revuelto que se dan el mediterráneo y el atlántico en las playas de tarifa.
Aquella blancura hiriente de las pirámides de sal de mi niñez en San Fernando.
El olor a piñas quemadas en aquel descampado donde nos reuníamos para abrirlas y comer su fruto.

La salida del colegio y la puerta de aquella anciana que vendía en su cuarto / casa las golosinas de la época a dos reales y a pesetas.
Las noches de verano de tertulias de amas de casa en el frescor de las noches mientras jugábamos a dar patadas a las latas, a escondite, a pillar, mientras las niñas saltaban la cuerda entre cantos de barcas y barqueros que pasaban.
La plaza de las flores en carnaval. Y aquel señor tan alto, tan serio, tan respetable, tan solemne, vestido de vampiro tirando tras de si un ataúd chiquito con ruedas.
Los baños nocturnos en la playa, el agua tibia en la medianoche.
El olor a carbón del brasero bajo la mesa donde nos sentábamos a merendar cuando regresábamos las tardes lluviosas de colegio.
El grito de la madre llamándonos desde la casa y las carreras espantadas para no hacerla esperar.
La radio velando el sueño en febrero entre coplillas de chirigotas en el cuarto de mi padre.
Las playas de Barbate, destino hoy de inmigrantes, ayer espectáculo de la naturaleza tranquila y casi virgen.

Los niños en el R4.. el hermano conduciendo.. el ventorrillo el corral... la carne en salsa de días especiales en familia.
Las cuestas, que bien podríamos llamarle paredes, de Vejer con su encanto de enclave antiguo, bien en alto, defensa del invasor otrora, hoy pueblo blanco vertical que sueña con ser ciudad.
Perdidos de excursiones en el Bosque a la orilla de su río de aguas frías de la sierra.
La lluvia perenne de Grazalema. Nombre moro, quietud y silencio de rapaces y de montañas que ordeñan las nubes de su agua.
El olor a castañas asadas en las tardes grises de noviembre.

El rumor de poetas cantando a viejos veleros hundidos frente a la costa de este mar salpicado de historia.
Aquel primer beso terrible de nervios e inseguridades a aquella niña morena y sabia en el juego.
Y Arcos. Corriendo a sus toros en domingos de resurrección en escapadas furtivas sin recursos, sin permiso, sin planes, salvo el de vivir la juventud desordenada.
La lluvia del otoño sonando en las ventanas y perfumando el aire de tierra mojada.
Aquella pulmonía por volar barriletes hechos de caña y papel, al viento gélido de septiembre que te lleva a estar meses postrado en la cama grande.

Todas estas cosas que van ligadas al alma de la persona, es la definición de patria. Sentimientos e historias bordadas con pespuntes de recuerdos y vivencias felices o agónicas.
Y aunque mi casa esta donde mi viva mi corazón y no tenga otra bandera que defender y venerar que las sabanas que cubren los cuerpos de mis seres amados, no puedo considerarme un apátrida habiendo nacido y vivido en esta luminosa tierra.
Cádiz
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yomisma dijo
Mi amor, mi gran amor, también es de Cádiz, pero él nunca me ha mostrado su tierra con el sentimiento que lo has hecho tú.
Esa luz, esas gentes, esas historias... Es tu patria, pero con esta post, has conseguido que yo no sea apátrida de esa hermosísima ciudad, que ni conozco, sino más bien todo lo contrario. Siempre le he tenido mucho cariño, por lo que significa: la ciudad que habita mi amor, pero hoy con tu post, ha quedado grabada para siempre en mi corazón.
Saludos.
27 Noviembre 2008 | 12:48 PM